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“Ilusiones rotas” de José Manuel Boquet Esplugues, nuestro libro recomendado de la semana


El autor nos advierte en el prólogo que esta propuesta literaria no es una novela de ficción, ni un ensayo histórico.

¿Que nos plantea “Ilusiones rotas”?

El subtitulado a pie de portada nos da la primera pista “República y desengaño”, si además constamos en sus primeras líneas que la narración se centra esencialmente en las décadas de los años 30 y 40, una etapa oscura y determinante en la historia de España en los últimos cien años que en este caso se aborda desde la singularidad valenciana que fue sede del gobierno de la Republica Española desde el 6 de noviembre de 1936 al 31 de octubre de 1937, en que se trasladó a Barcelona hasta el final de la Guerra Civil.

El autor pone voz a su padre José Boquet (Pepe Bearnés en la narración) que nos describe estremecedoras historias en las que el carrusel de las emociones, las “ilusiones rotas” y las frustraciones o desengaños dan cuerpo a este libro de imprescindible lectura; “sin descalificaciones ni ensalzamientos innecesarios, dejando que fuera yo que sacara conclusiones y adoptara posiciones ideológicas”, afirma Boquet.

«Yo no hablo de venganzas ni perdones; el olvido es la única venganza y el único perdón». Jorge Luis Borges.

Matizable la frase del maestro Borges; “el olvido” no nos ayuda a cerrar las heridas del pasado, por eso es más que necesaria una mirada limpia y sin antagonismos como las que nos ofrece el autor de este libro sobre los prolegómenos, desarrollo y conclusión de la etapa más triste de la reciente historia de España.

Nos cuenta el autor del libro que “a Pepe Bearnés le enseñaron en el colegio de las Escuelas Pías de la calle Carniceros que España había sido la dueña del mundo, un imperio en el que no se ponía el sol. Sin embargo, en cuanto tuvo capacidad de leer supo que, desde tres siglos atrás, todo en su país era una constante cuesta abajo que había culminado en una heroica derrota ante los Estados Unidos en 1898 y en una vergonzosa derrota ante las cábilas marroquíes en 1921”.

Continuando con el “spoiler” autorizado por el autor y a modo de introducción nos aclara esto sobre su progenitor… “A sus ojos, de la mano de los escritos, que devoraba más que leía, de Costa, Azorín, Ganivet o Unamuno, España necesitaba un cambio, pero un cambio profundo, en muchos aspectos”.

“Porque él, huérfano de padre al que mató la gripe de 1918 cuando Pepe tenía cinco años, vivió desde la niñez la penuria propia de las clases medias bajas y, nada más terminar la escuela primaria, trabajó en una cordelería de la plaza del Mercado donde de lunes a sábado vivía, durmiendo detrás del mostrador y yendo a su casa tan solo desde la noche del sábado hasta la primera hora de la mañana del lunes. Consecuencia de aquella vida insalubre fue el que contrajera una tuberculosis que estuvo a punto de acabar con él pero que, con el paso de los años, le evitaría los peligros de los frentes de guerra”.

“Cuando, con todos los esfuerzos y sacrificio de su madre y sus tres hermanas, se le abrieron las puertas de la Escuela Normal de Magisterio, su inmediata afiliación a la asociación estudiantil FUE le entronizó en un mundo que respondía a sus inquietudes y perseguía sus mismos objetivos. Para todos aquellos jóvenes los males de España se centraban en la institución monárquica, que había que abolir, la constante injerencia en la vida social y política por parte de la Iglesia, a la que había que apartar del Estado, la injusta desproporción entre una mayoría de gente pobre y una minoría de capitalistas y terratenientes, que había que evitar mediante políticas fiscales redistributivas, y, sobre todo, el analfabetismo y la incultura generalizada, con los que había que acabar a través de una enorme ofensiva educativa que llevara a todo el país la formación literaria y cívica para emprender un desarrollo social y económico que sacara al país de su postración”.

“Tras participar con denuedo en cuantas posibilidades estuvieron a su alcance de luchar contra la dictadura de Primo de Rivera y contra la monarquía, Pepe tuvo la satisfacción de ver llegar su ansiada República, el deseado cambio que abría las puertas a todas aquellas reformas tan necesarias y por la que tanto había luchado”.

1931 Convento San José

“Sin embargo, el egoísmo de los poderosos, la impaciencia de quienes reclamaban los cambios sin respetar los razonables e imprescindibles procesos legales, y la soberbia e incomprensión de todas las partes implicadas fueron poniendo trabas en el camino hacia una España mejor en la que la violencia fue imponiéndose paulatinamente al diálogo, a la tolerancia y a la voluntad de convivencia. Y así, revolucionarios e involucionistas acabaron sumiendo a España en una guerra civil que, en palabras de la madre de Pepe “es la peor de las guerras”.

1933 Huelga revolucionaria

“Desde Valencia, donde estuvo durante los tres años que duró el conflicto, Pepe vivió la brutalidad de los revolucionarios, alentados por las narraciones de la prensa sobre la sanguinaria represión del bando contrario, los esfuerzos del legítimo gobierno para acabar con la violencia de la retaguardia, los sufrimientos y penalidades de una población civil sometida a escasez de alimentos, al terror de los bombardeos aéreos y navales, y al miedo, o la triste realidad, de la pérdida de seres queridos. A través de sus compañeros, casi todos ellos movilizados, Pepe también conoció las vivencias y carencias de los frentes de guerra”.

1938 Valencia tras un bombardeo

“Tras, casi exactamente, mil días de guerra, la derrota republicana le sumió en la depresión provocada por ver derrumbadas todas sus ilusiones y contemplar a su patria sumida de nuevo en el oscurantismo de ideologías negacionistas de cuanto se aproximase a la justicia social y de una Iglesia que, olvidando al ciento por ciento el pensamiento cristiano, se entregaba a un delirio inquisicional de venganzas e imposición por la fuerza de sus normas casi medievales. Para sus amigos la derrota supuso la cárcel, el ajusticiamiento o el exilio, una opción que también él intentó pero que no pudo completar, con lo que debió enfrentarse a la despiadada represión de los vencedores. Superado su encausamiento gracias al testimonio de cuantos presuntos enemigos había ayudado durante la guerra, Pepe, privado por la depuración de cargos y nombramientos de su plaza de maestro, reinició su vida como viajante de comercio”.

Edificio del Reloj

“Sus rutas comerciales le permitieron conocer cómo había sido la vida en la retaguardia del bando contrario, con la triste conclusión de que la violencia irracional había sido igual de brutal en las dos mitades en que la locura colectiva había dividido a España”.

“Y su profesión, que justificaba los desplazamientos, tan vigilados en los años de la posguerra, lo pusieron en el punto de mira del clandestino Partido Comunista, que acabó reclutándolo como correo y para distribución de propaganda subversiva, algo que, aun cuando para él era una compensación al esfuerzo bélico que su enfermedad no le permitió realizar durante la guerra, le supuso someterse al constante miedo de una probable detención que diera con sus huesos en la cárcel y acabara con el futuro de su familia”.

Refugio Plaza Patriarca

“El paso de los años trajo la paulatina adaptación de la mayoría de la población a un entorno opresivo, propio del estado policial en que se había convertido España, mientras la indiferencia de los países democráticos, continuidad de la que en buena parte había permitido la derrota de la República, hacía olvidar a los pocos recalcitrantes la esperanza de una pronta caída del régimen”.

José Manuel Boquet hace en este libro un ejercicio de algo natural en él, la imparcialidad evidente en alguien que detesta el “jacobinismo”, por lo que entendemos de manera cristalina esta conclusión que cierra la presentación de su libro; “Y así, Pepe cerró su periplo vital desde su forzosa ignorancia infantil: el convencimiento de la necesidad de luchar por el cambio, el esfuerzo en combatir el nefasto estatus, la satisfacción del éxito en conseguirlo, la decepción de comprobar la dificultad en implantar los cambios, la frustración de la derrota, el descartar como irreversible el resultado de la guerra como definitivo y, poco a poco, aceptar la inutilidad de la lucha y, sin abandonar sus ideas, dejar para un futuro más propicio el conseguir la vuelta de su patria a formas de vida y gobierno más justas y racionales”.

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